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sábado, 23 de febrero de 2008

Campañas de lucha contra el Sida


Recientemente me encontré con este artículo publicado por la revista Tercer Sector. La nota hace un repaso y análisis de las campañas sobre VIH/Sida en Argentina. Como Postal Social trabajó su segundo número sobre este tema, me pareció interesante publicar el artículo en el blog:

Campañas sin políticas
Spots, afiches ¿y después?
Durante los últimos 25 años, las campañas de prevención de VIH/Sida fueron variando junto a las transformaciones sociales en torno de la epidemia. Sin embargo, las organizaciones consideran que lo que no cambió fue la falta de presupuesto y de políticas específicas. Los mensajes también continúan reforzando la estigmatización.
 
El ejercicio es simple: cierre los ojos y piense en la campaña de prevención de VIH/Sida que más recuerda. ¿Qué sensaciones le produce? ¿Por qué le impactó? ¿Qué información le brindó? A la distancia, ¿aquel mensaje cambió algo en usted? Ahora, abra los ojos e intente recordar de qué año es la campaña.
Hubo una manzana podrida y hubo camas vacías hasta llegar a tu puerta. Hubo apelaciones a “ser solidario”, a “no dar la espalda” y hubo “Avisá”. Hubo un coro de famosos y una década de oscurantismo en la que el Ministerio de Salud de la Nación se negó a mostrar el preservativo en televisión. Hubo doctor Miroli y “Juan está con María que está con Pedro que está con…”; hubo mujeres osadas de cuyas carteras se caían preservativos, alianzas de látex y una pareja embarazada que decidía hacerse el test (no sólo ella, él también). Y hay, ahora, Triki triki bang bang al ritmo pegadizo de una cumbia. La historia de los descubrimientos, avances, pero, sobre todo, de las transformaciones en el estigma, discriminación y negación en torno al VIH/Sida puede hacerse a través de los mensajes masivos de prevención elaborados desde fines de la década de 1980 hasta la actualidad.
En la Argentina –país que nunca destinó monto alguno del presupuesto nacional a acciones de prevención del VIH, sino que dependió de fondos internacionales del Banco Mundial hasta 2001 y en la actualidad del Fondo Mundial de Lucha contra el Sida– las campañas masivas de vía pública y televisión estuvieron muchas veces en manos de organizaciones no gubernamentales y no del Estado nacional. Esto se vio, sobre todo, desde 1992 hasta 1997 con la asociación entre Fundación Huésped y el Consejo Publicitario Argentino y en los mensajes –ya no masivos, sino orientados a poblaciones gays, usuarios de drogas y trabajadoras sexuales– financiados por Onusida y la agencia alemana GTZ.
“La prevención en VIH nunca fue una política pública sistemática, siempre se redujo a iniciativas puntuales, cercanas al 1° de diciembre, día internacional de la lucha contra el sida. No hay desde el Estado una cabeza que piense la prevención con criterios epidemiológicos de totalidad a nivel nacional”, señala Paula Goltzman, responsable del área de Intervenciones Comunitarias de Intercambios, organización que trabaja en uso de drogas y VIH/Sida (ver recuadro aparte). Y agrega: “La sociedad civil puede aportar, opinar, intervenir, pero no tiene una mirada general ni la posibilidad de dar una sentido de totalidad con sus acciones”.
¿Para qué sirve una campaña?
“La campaña masiva sirve para instalar el tema en la comunidad. Si no hay medios de comunicación, en general se considera que eso no existe”, explica Martha Weiss, especialista en sexualidad y VIH en ámbitos comunitarios, miembro del equipo del Ministerio de Educación para la Implementación de la Ley de Educación Sexual en la Ciudad de Buenos Aires. Y relata que en muchas oportunidades les pasó de llegar a una escuela o a una organización barrial a proponer un taller y que les respondan: “Pero si acá no hay Sida, ahora hay dengue”.
Desde la Agencia Diálogos, el publicista Raúl López Rossi, responsable del Triki triki bam bam que sonó recientemente, coincide: “Las campañas de bien público sirven, sobre todo, para poner un tema sobre la mesa, despertar el interés. Cambiar hábitos no es vender un producto. Por eso, lo que se le puede pedir a una campaña masiva es que haga algo visible”.
“Si alguien cree que con la campaña masiva va a cambiar comportamientos, está equivocado –advierte Weiss–. Lo que hace es, al dejar sonando el tema, preparar el terreno para acciones cara a cara, donde en espacios íntimos, pequeños grupos, las personas se permitan preguntar lo que necesitan”. Ese terreno estará abonado de manera muy diferente si la campaña masiva comunicó miedo, mandatos morales, lástima, la idea de que el VIH es tan liviano como un dolor de muelas, o algo que involucra a cada ser humano.
Según cómo se mire
Que los medios tienen un fuerte papel en la construcción de “miradas” sobre un tema no es noticia. Y que cada mirada construye un “sujeto” diferente, tampoco. Desde la asociación civil Las Otras Voces, autora de la publicación “Entre Jóvenes. Comunicación y VIH”, se distinguen tres sujetos producto de la lente mediática: un sujeto inexistente, creado por la falta de visibilidad al tema; un sujeto inferior, fruto de la mirada con lástima que generaron campañas como el coro de famosos encabezado por el entonces presidente Carlos Menem (1992); y un sujeto culpable, nacido del moralismo subyacente en spots que –más allá de las buenas intenciones de quienes colaboraron en ellos– reclamaban “Hacé lo que quieras, pero Avisá” (Ministerio de Salud, 1997).
A mensajes como “Avisá” o que proponen la abstinencia, Weiss los llama “mensajes paradojales” porque “logran el efecto contrario”. Lo de “Avisá” no sólo planteaba que había un malo que transmitía el virus, sino que además desconocía una realidad: “Y si no sé que vivo con el VIH, ¿cómo voy a avisar?”, se pregunta Weiss.
“La mirada de los medios cambió menos de lo deseable”, afirma Agustín Rojo, sociólogo y responsable del equipo de Comunicación Social de la Coordinación Sida de ciudad de Buenos Aires. Ya no se usan términos como “sidosos” o “peste rosa” y se tiende a términos políticamente correctos como “persona que vive con VIH”. “Sin embargo, de manera menos evidente el prejuicio sigue presente”, dice. Y puntea algunos ejemplos:
La mayoría de las notas usan la expresión “pandemia” aunque se refieran a un país o una ciudad; el VIH debe ser “gigantesco” para ser noticia.
Se escribe SIDA con mayúscula, asociado con la idea de “crecimiento infinito”, aunque en la Argentina el número de casos esté en disminución permanente debido al acceso a la medicación.
Cada 1° de diciembre se enfatiza la cantidad de personas que viven con VIH y no lo saben. Lo que hay detrás es una apelación al miedo (“el VIH es imparable”), a la culpabilización (andan por ahí repartiendo virus sin siquiera saberlo) y la negación de las personas con VIH, ya que todas las notas hablan de la necesidad de proteger a la “población sana” de una posible infección.
Las metáforas del Sida
Desde el inicio de la epidemia, una serie de metáforas bastante poderosas se construyeron alrededor del Sida. Se trata de mensajes que sirvieron y sirven para reforzar la estigmatización. La mayoría de las campañas pueden analizarse a la luz de estas metáforas:
Sida como muerte. “Primero se llevaron a los homosexuales, pero yo no me preocupé. Después a los drogadictos, pero yo no me preocupé... ahora están tocando a mi puerta.”
Sida como castigo. “Karina estuvo con Juan, que estuvo con Matías que estuvo con Luisa….” El sida es el merecido castigo a la promiscuidad.
Sida como guerra. “No le demos tregua al Sida.” De la enfermedad como enemiga a perseguir a las personas que están enfermas hay un paso.
Sida como algo que sucede a otros. “Sin sida vamos a vivir mejor en la ciudad.” ¿Y dónde vivirán “ellos”, los que sí están enfermos?
“Otras metáforas buscaron diferenciarse, pero dieron una vuelta de 360 grados y cayeron en el mismo lugar”, revela Rojo. Y da dos ejemplos: el VIH como martirio, donde las personas infectadas son héroes que sobrellevan una pesadísima carga. Así sucedía en la impactante imagen de Benetton, donde el enfermo de Sida era un Cristo rodeado de familiares. “Es una versión refinada de la mirada compasiva”, señala el especialista. La otra metáfora es el VIH como realidad banal, donde usar un preservativo es como usar un casco. “Es una versión más compleja de la mirada indiferente. Por eso, estas nuevas metáforas, aunque buscan ser políticamente correctas, reproducen por otros medios discursos estigmatizantes”, advierte.
¿Por qué se generan estas metáforas? Eso no está tan claro, pero lo cierto es que tienen una función social y psicológica importante. Rojo explica que, por un lado, tranquilizan al señalar que el problema es de otros y, por otro, como el VIH refiere a temas con los que las personas tenemos una relación compleja, como son la sexualidad, la muerte, y estas cuestiones molestan, angustian, complican, “todo recurso que permita el alejamiento, aunque sea imaginariamente, será bienvenido por mi aparato psíquico que busca no sufrir”.
La polémica del Triki triki
¿Existe alguna campaña que sí haya resultado efectiva? En 2001, el fugaz paso de algunos mensajes en medio del caos político y económico, dejó sin embargo huellas de su impacto. Se trató de la campaña realizada por Lusida que mostraba preservativos como anillos de boda con la leyenda “La confianza no alcanza”, las piezas de TV donde a dos chicas se les caían las carteras con preservativos (“Las mujeres tienen derecho a llevar preservativo. Usalo”) y la que logró mayor impacto, la primera campaña masiva sobre transmisión madre-hijo con el mensaje en vía pública y TV: “La transmisión madre-hijo se puede prevenir. Hacete el test. Es gratis. Es tu derecho. Exigilo”. A partir de esta campaña aumentaron los pedidos de análisis para detectar el virus y llovieron en el 0800 denuncias informando que en muchos hospitales públicos no estaban haciendo el test en forma gratuita.
En la ciudad de Buenos Aires, la campaña “Sentir que nos puede pasar es empezar a cuidarnos” (2004), que hizo eje en denuncias por discriminación, distribución de preservativos y test gratuito y confidencial, fue una apuesta a que los mensajes promuevan la autonomía de las personas en sus decisiones en torno del VIH.
En estos días, la movediza campaña “Triki triki bang bang” (“Metételo, tatuátelo, si hay triki triki hay bang bang”) despierta polémicas. Una virtual guerra en blogs de Internet se puso en marcha: los que están a favor dicen que habla claro sobre el preservativo, los que están en contra se quejan, en realidad, de que “no es para todo el mundo”. “Lo que llama la atención de los que se quejan es el racismo, la indignación de ‘por qué se dirigen a esa gente’. Es la clase media diciendo: ‘la televisión es mi territorio, cómo me lo invaden’”, apunta Raúl Rossi, de la agencia Diálogos. Y agrega: “Estas reacciones revelan otras cosas muy profundas para pensar el cómo estamos como sociedad”.
En el mundo, más de la mitad de las nuevas infecciones por VIH afectan a jóvenes de 15 a 24 años de edad. En la Argentina, los datos epidemiológicos indican que el VIH es cada vez más joven, más pobre y con cara de mujer (ver recuadro). Y el videoclip, con música del grupo Piola Vago y coreografía de la organización Crear Vale la Pena, efectivamente apunta a “ese target”. “Buscamos alcanzar un impacto directo en jóvenes porque son una población ávida de información y porque la adolescencia es un ciclo donde se combina que la percepción de riesgo está alejada con la exploración de la sexualidad”, explica Mario Burgos, integrante del Foro de OSC que supervisa las acciones del Fondo Mundial en la Argentina. Y la estrategia fue “celebrar el placer de la vida sexual activa, sin nada de amenazas ni sombra, porque generan una reacción irracional de autodefensa, de no querer saber nada del tema”, concluye Rossi.
Para algunos especialistas, el Triki triki bang bang es muy efectivo en términos de impacto visual, sin embargo, le falta información. “No nombra eso de lo que hay que hablar”, puntualiza Martha Weiss. Desde la agencia Diálogos, el creativo señala: “Creemos que el primer objetivo, que era poner el tema sobre la mesa, se logró. No esperamos que por la campaña nadie cambie sus hábitos, esto tiene que ir acompañado de otras acciones. Por ejemplo, hacer tanto ruido y que después en los hospitales no estén los insumos para hacer el test, o que a los jóvenes no les entreguen preservativos… si después la gente queda pagando no sirve”. Y esto que dice Rossi tiene que ver con algo que todos los expertos señalan: en VIH la comunicación no puede ir separada de los servicios necesarios para ejercer los derechos que el mensaje promueve.
Cuando la campaña es el medio
Lo que sí parece dar buenos resultados es usar el humor, ya que logra en muchos casos que las audiencias “bajen la guardia” y sean más permeables a la información. Ése es, precisamente, el código de los videoclips de la Fundación Buenos Aires Sida, donde mujeres y travestis pulposas huyen de un pene gigante para luego perseguirlo ellas cuando le pusieron el preservativo. No son imágenes aptas para todo contexto, ni para todo público: “Se hicieron para pasarse en discotecas de cumbia y en discotecas gays”, explica Alejandro Freyre, presidente de la fundación.
Para la mayoría de las organizaciones sociales que trabajan en VIH, la campaña más que un fin en sí mismo es una estrategia para abordar el tema en un barrio, con un grupo de vecinas y vecinos, o jóvenes. “Son campañas comunitarias, donde las herramientas periodísticas y de comunicación se ponen al servicio del trabajo territorial y de la prevención entre pares”, explica Silvia Bacher, presidenta de Las Otras Voces, asociación civil que desarrolla el proyecto Entre Jóvenes, donde las mismas chicas y chicos construyen mensajes para otros jóvenes. Y allí, una vez más, el humor es clave. Bacher recuerda unos spots de radio elaborados por jóvenes de zonas rurales en Misiones, donde con la técnica del radioteatro inventaron diálogos entre conejos en una chacra para hablar de sexualidad y VIH.
En el trabajo en territorio, las organizaciones oscilan entre dos perspectivas. Algunas tienden a decir “lo que se debe” y “lo que no se debe”. Otras, en cambio, apuntan a brindar información para que las personas tomen decisiones sobre sus propias prácticas, comprendiendo que cada persona necesita “querer cuidarse, saber cuidarse y poder cuidarse” y que no hay respuestas estándar.
“Suele ser una tentación muy grande para el facilitador contentar desde su propio sistema de creencias, pero eso no sirve –dice Weiss–. Primero, porque lo que uno cree puede no ser correcto y, segundo, porque uno no encarna nada, si me convierto en un ‘experto en respuestas’, no se habilita la autonomía”. Por eso, tanto en la construcción de campañas masivas como en el abordaje cara a cara en territorio, el paradigma que se recomienda seguir en prevención del VIH es dar prioridad a lo que les pasa a las personas por sobre el mensaje. Es decir, apostar a la autonomía de las personas: incorporar una pluralidad de voces al debate y a la respuesta a la epidemia.

Textos: Eva Amorín
Publicado en la revista Tercer Sector

martes, 15 de enero de 2008

Proyecto premiado

Sustentabilidad
En noviembre último, la Fundación Diario LA NACION premió un proyecto que le permitió a un grupo de familias mapuches de Río Negro la posibilidad de tener luz mediante energía eólica y paneles solares
LANACION.com | Arquitectura | Miércoles 16 de enero de 2008

miércoles, 22 de agosto de 2007

Enseñanza social del Diseño

El diseño cobra sentido realmente si persigue un objetivo social. Con su capacidad de expresión simbólica puede fomentar el conocimiento y cuestionamiento de los problemas que aquejan a nuestra sociedad.

Gérard Paris Clavel.

Éstas son algunas reflexiones de la enseñanza del diseño gráfico y de su contexto. En primer lugar: Un proyecto de enseñanza supone un proyecto de sociedad en el cual la disciplina enseñada encuentra su lugar; un objetivo social y un método pedagógico. La enseñanza de las artes plásticas no comienza en la carrera de arte, está presente a nuestro alrededor en todo el contexto urbano, la arquitectura, los símbolos en la calle, las vestimentas, los objetos, la prensa, etcétera. Justamente, la enseñanza tiene que estudiar, criticar e inventar esas formas cotidianas, ser creadora de memoria. Nosotros debemos comprender el origen de las imágenes y de las ideas y acercarlas todo lo posible a la realidad, a nuestra propia historia en el seno de la comunidad. Así como lo demuestra el sociólogo Pierre Bordieu, “el universalismo estético” es una ilusión. No hay que olvidar las condiciones históricas y sociales peculiares que hicieron posible determinada visión del mundo, así como la creación de obras culturales que pudieran aparecer como evidentes o naturales. El estudiante tiene que aprender a alterar sus costumbres, a “ser” en un mundo cada vez más orientado hacia el “tener”.
La Escuela creativa, multicultural, pasa por el mestizaje social. La primera de las culturas es el trabajo; El derecho a una actividad para todos es la principal antesala al derecho de acceso a la enseñanza y a su calidad. Su opuesto, el desempleo (los diseñadores no están exentos de él), destruye el deseo mismo de aprender. Por el contrario, “Transformar su trabajo en una actividad personal”[1], darle un sentido, es la preocupación fundamental de todo verdadero acto creador.
El período escolar es un momento privilegiado en el cual la exploración personal y el intercambio social pueden hacerse con generosidad sin que pesen demasiado la necesidad económica, la carrera hacia el trabajo y el poder simbólico: aprender con pasión el riesgo del fracaso.

Intelectuales y trabajadores sociales.
Una enseñanza supone desafiar lo prohibido, romper con las normas y la mediocridad.
La educación por la imagen pasa por su confrontación con la ciudadanía: el espíritu crítico y el debate. Es necesario que la creación se encuentre con el mundo del trabajo, que los intelectuales dialoguen con los trabajadores sociales.
La cultura debe participar activamente en el conflicto social. El diseño, por su capacidad de expresar en el plano simbólico las violencias de nuestras sociedades, contribuye a cuestionar estos problemas y fomenta el deseo de aprehender su complejidad. Reconocer las responsabilidades de los estudiantes es también reconocerles sus derechos. De esta manera pueden organizarse más fácilmente en comunidades de estudio o en grupos, en cualquier organización en la cual puedan confrontarse y aprehender sus singularidades, experimentar los métodos reales, cívicos, éticos y políticos para emanciparse y ejercer su vocación plenamente. Pero a menudo el compromiso político personal está excluido de la pedagogía; debemos acallar nuestras opiniones políticas y esto le quita el estatuto de ciudadano al estudiante en su lugar de formación y durante toda su escolaridad.

Rechazar el debate de ideas no sólo es negar el aprendizaje de la solidaridad (que no es un don), sino empobrecer el conocimiento por la ausencia de expresiones y opiniones, cediendo la palabra a los “especialistas” y al poder de turno, a su vocabulario consensual y a su diarrea visual. La retención de ideas nos vuelve sordos y temerosos.
Esto reconforta el punto de vista de un diseñador elitista por encima del combate de las ideas, fuera de la historia, cuya expresión y calidad de sentido se enmascaran detrás del ejercicio de la virtuosidad de las formas que, por sí solas, son portadoras de humanismo.
“[…] Esta susodicha pureza, esta susodicha autonomía del gesto artístico es la forma propia de la alienación del arte. El arte, aun el más abstracto, parte siempre de un roce, de un contacto con lo real […]”[2]

La logomanía.
En un mundo cada vez más sometido a los imperativos y a las leyes del mercado el formalismo se ha transformado en un negocio para los servidores del comercio, para los apasionados del logo. Aun al servicio de las instituciones públicas de las ciudades, los códigos logotípicos no crean relaciones sociales sino que las controlan, multiplicando los signos idénticos de la competencia territorial. No crean diferencia sino indiferencia. ¿Son los especialistas del diseño visual los no videntes del mundo social real? ¿Se encuentran enceguecidos por la multitud de signos directivos, repetitivos y autoritarios de los abandonos públicos, la publicidad comercial e institucional, el comercio cultural y las señaléticas públicas (¡orden de todas las soledades!)? ¿Cómo puede ser que todavía sea necesario recordar que la industria publicitaria de nuestros días blanquea la idea del poder a través del dinero y la de la felicidad sólo a través del consumo?

Al recuperarlos para sus fines, los que comercian con conceptos y símbolos humanistas los desnaturalizan y vuelven cotidiano y natural el orden actual de las cosas. ¿Acaso es demasiado grande, demasiado visible para ser mirado?

En el cruce de la palabra con la imagen el grafismo debe encontrar su lugar en el seno de la educación nacional; ya desde la educación primaria se puede enseñar a leer imágenes y a participar en la adquisición del vocabulario visual necesario para desarrollar el sentido crítico en el seno de nuestra sociedad, donde lo “mediático-económico-entretenido” reemplaza a lo político exigente. Los medios masivos de comunicación, que difunden con un ritmo frenético una multitud de imágenes competitivas sobre todos los temas del mundo, se transforman en una máquina de borrar memorias que traiciona a la historia.

“[…] El nuevo orden mundial {como se llama al caos actual} supone excluir a la gente, la menos en dos planos. A nivel material excluye a los pobres, cuyo número aumenta cada día. Y en el plano ideológico, por medio de la mitología de la red mediática, excluye todo tipo de sufrimiento. Y ésa es la verdadera perversión de su obstrucción, la violencia espectacular. Violencia sí, dolor no. Son muy raros los mensajes que validan a la gente en su sufrimiento, en su propia existencia. Y esta falta produce otro tipo de desempleo también monstruoso. Esta vez se trata de atrofiar la imaginación, esa capacidad de los hombres de entablar relaciones, de comulgar nuestras vidas […]”[3]

Día a día.
La actividad del diseñador como productor de imágenes sociales es bella, es la felicidad del intercambio, de temas compartidos con personas y con comunidades que luchan con generosidad en este terreno. ¡Qué placer poder expresar la propia singularidad cuando uno trata un tema! Establecer un diálogo entre las diversas culturas, un internacionalismo de las comunidades. Resistir y combatir la globalización del capital y su carrera hacia la guerra económica puede producir alegría. Frente a la dominación de los mercados y las guerras económicas que libran entre sí los depredadores capitalistas, debemos elegir nuestras actividades, nuestras vidas, porque para difundir su ideología ellos necesitan de la complicidad de los productores de símbolos y de las representaciones de su sistema. Es decir, de gente como nosotros: diseñadores, escritores, técnicos, “vendedores ambulantes”, etcétera. Para existir debemos resistir.

Es urgente que nos tomemos el tiempo.
Frente al poder mundial de los medios masivos de comunicación podemos proponer un “medio internacional de la proximidad”. Compartir con todo el mundo las singularidades locales, nuestras propias referencias culturales, en vez de dar paso a una “sopa mundializada” servida por las autopistas de la comunicación mercantil. Tomemos la palabra tomando la imagen.

Hagamos preguntas frente a las preguntas, démonos el lujo de tomarnos el tiempo, de entablar idas y vueltas. Hace falta tiempo para que se constituya una comunidad de pensamiento, para que se formen sus herramientas de producción. Es indispensable fijar un método científico de la urgencia social e inscribir esta urgencia en la duración.
Espero que este coloquio permita, por su parte, constituir un espacio de intercambio entre el pensamiento crítico sobre el tema del diseño y de la política. En la asociación Ne pas plier aceptamos todas las sugerencias.

Ne pas plier.
Esta asociación nació en 1991 con el objetivo de que a los signos de la miseria no se les agregue la miseria de los signos y que a loa exclusión del lenguaje no se le agreguen lenguajes de exclusión.
Fue fundada sobre la energía del deseo y cuenta con la participación de diseñadores, obreros, investigadores, responsables de asociaciones y estudiantes. Ne pas plier reúne a todos aquellos que expresan sus derechos a existir resistiéndose a los discursos dominantes. Esto me permite continuar con mis temas de autor o con los encargos más interesantes, desarrollando un movimiento mejorado y más amplio por la crítica nutritiva de un “colectivo” y su práctica. Para cubrir los costos de estos trabajos les pedimos subvenciones a los ministerios, a los mismos que criticamos. Pero una cosa no quita a la otra; tratamos de aprovechar todas las fallas. Estamos constantemente tratando de inventar formas marginales alternativas, y así hace ya seis años que existimos y seguimos adelante. Con la asociación hice un descubrimiento esencial: la necesidad de la proximidad, la urgencia de tomarse el tiempo y la siguiente paradoja: cuanto más masivos son los medios de comunicación, más se confisca el sentido. “Las instituciones filtran la realidad.”

Por último, aun estando entre la gente, tuve pocas ocasiones de trabajar directamente con ella. Antes de seguir un recorrido institucional, me puse en la situación de un autor-productor y esto no me limitó. Ya poseía un cierto método que trasladé al terreno de la vida cotidiana, allí donde los trabajos por encargo no existen. Si tenemos relaciones auténticas con la gente, los verdaderos temas emergen muy rápidamente y se presenta la ocasión de trabajar para personas y para causas todavía desconocidas, en lugar de estar reproduciendo un discurso. El uso del material que nosotros producimos genera inquietudes en otros, se nos escapa de las manos, y eso me alegra. Para Ne pas plier una imagen no es un objeto inerte que debe ser contemplado ni tampoco un instrumento político en sí mismo; produce efectos políticos únicamente cuando se inserta en la acción o en la lucha. Y esa imagen cobra vida y genera sentido sólo cuando es transportada por individuos o grupos: a la imagen estática clavada en una pared se le opone la imagen transportada, usada, tachada, arrastrada hacia una dinámica social y humana.
Los grandes objetivos de Ne pas plier son: abandonar el espacio del museo por la escena de las luchas sociales; rechazar las reglas, valores y categorías propias del mercado del diseño; abolir la orgullosa soledad del diseñador; trabajar por un proyecto concebido a través de la producción colectiva; invertir el fetichismo del original y de la pieza única proponiendo “imágenes cuya originalidad es la multiplicidad”; adoptar el principio de la gratuidad, llegando al punto de regalar imágenes en lugar de venderlas.
Esta actitud militante y antifetichista se apoya sobre la convicción de que el interés, la eficacia y el valor de una imagen residen tanto en ella como en su entorno, en el proceso que implica su logro como también en la dinámica que pueda desencadenar.
A la concepción fetichista de la imagen objeto se le opone la de la imagen como operadora social, la que formula una mayor cantidad de preguntas que de respuestas…[4]
Estas acciones se expresan en diversos lugares, pero principalmente en el medio urbano.

La ciudad es un mundo.
La relación entre las escuelas públicas de diseño, la ciudad y la municipalidad es indispensable para la formación. Es allí donde el intercambio se complejiza y permite problematizar la relación entre el pensamiento, la imagen y su práctica social.

Los intendentes, concejales y las asociaciones culturales y humanitarias están fascinados por la comunicación publicitaria que a su juicio les aporta una solución que, inocentemente, creen poder dominar. Un contacto con la universidad les permitiría tener acceso a un aprendizaje de una gramática visual saludable.

Desde el comercio invasor, pasando por la “felicidad ciudadana” hasta las exclusiones humanas, la ciudad es un mundo donde nuestras vidas se mezclan. Las escuelas de arte y de diseño deben desarrollar relaciones de proximidad, tornar visibles las cuestiones colectivas con una mirada singular, encontrar “su asociación”. El principio es sencillo: ponerse en la posición de escuchar a los demás antes de hablarles y escuchar a la ciudad a través de sus prácticas, sus temas y sus sitios, enriqueciendo así el tema inicial y expresando una mirada nueva.

Fundamentalmente, nuestro trabajo formula preguntas. Entonces, desearía concluir con una: ¿Podemos inventar signos que cuestionen la ciudad feliz, los signos del devenir? ¿Salirnos del sistema de signos directivos y repetitivos para que el mundo no sea una inmensa carta gráfica consagrada únicamente a la circulación rápida? Trabajar sobre la deambulación, la causalidad de verdaderas relaciones sociales, de escenarios de intercambio; reclamar la carta geográfica antes que la cédula de identidad; compartir un saber universal que se exprese y enriquezca a través de una práctica regional y local; trabajar no sólo las formas sino su utilización; integrar en la creación de nuestras imágenes el modo de su difusión. Para que el espacio de las imágenes y el espacio de la gente se encuentren realmente.

[Publicado en la revista TipoGráfica, 1997, tpG nº 33]

[1] André Gorz, Metamorfosis del trabajo, Ed. Galilé, 1988.
[2] Jean-Christophe Bailly, ¿Hacia el gran taller?, 1995.
[3] John Berger, Catálogo Ne pas plier, Stedelijk Museum, 1995
[4] Extracto de una entrevista realizada a la asociación por André Rouillé publicada en La recherche photographique, 1996.

Publicado por www.catedrarico.com.ar